lunes, 19 de marzo de 2012

El idiota Alfred F. Jones


"- Hi, my name is Alfred!" -la voz chillona de un muchacho retumbó por las paredes del compartimento.

Ahora el chico avanzaba dentro del vagón como quien se pasea por su casa, con toda la confianza del mundo.
Detrás otro muchacho aferraba con fuerza un oso y claramente su cara reflejaba el pesar que le causaba la reacción del primero.
Restregué mis ojos con las manos, fuertemente, para poder quitar todo rastro de lágrimas y tristeza, no me gustaba que me vieran llorar...
El muchacho seguía de pie a unos metros de mi, esperando que yo me dignara a presentarme y solo fue cuando le extendí la mano que caí en la cuenta de que el chico era el mismo que había visto hace unos minutos atrás.

- Arthur Kirkland -dije, con la mano aún extendida esperando que él la tomase.

Para entonces el otro muchacho, de la cara mas tímida, ya había tomado asiento en el sofá que se encontraba frente a mi.
Refunfuñé para mis adentros. Yo había escogido este vagón para viajar tranquilamente, solo, en paz, lejos de mis hermanos y lejos de cualquier bulla. Pero el jodido destino me había dado vuelta mi solitario plan y me había puesto a dos desconocidos, molestos extranjeros y para variar Americanos en un mismo metro cuadrado. No podía ser peor. Ya comenzaba a pensar que Hogwarts sería una verdadera maldición para mi, cuando el chico mas tímido rompió mis pensamientos despreciables.

- ¿Ya sabes en que casa quieres quedar? - preguntó, con tono amable.
Di un respingo, al menos este muchacho tenía educación no como el otro que había irrumpido en MI vagón, con un claro portazo y encima me saludaba como si me conociera de toda la vida.

Carraspeé.

-No, aun no lo se...y de todas formas no me interesa... -respondí de mala gana.

El muchacho pareció comprender muy bien mi tono de voz, porque no volvió a preguntar nada en los siguientes minutos.

Sonreí, satisfecho mientras volteaba la mirada en dirección al otro que ahora se encontraba casi pegado a la ventanilla como si nunca hubiese visto un aburrido paisaje con cerros y árboles.

- ¿Eres muggle? - pregunté. La curiosidad ahora corría por parte mía.
Escuché atentamente su respuesta, algo sorprendido. El muchacho podría haberse ahorrado saliva contestando con un simple "si" o "no", pero a cambio estaba contándome la historia de su vida y familia completa.

Así avanzaron las horas y minutos. Escuchar lo que decía logró captar mi atención y poco a poco mi ánimo se fue recomponiendo.
Tuvimos unas cuantas interrupciones por parte de un chico con acento francés de segundo año que a menudo venía a meter su nariz en asuntos que claramente no eran de su incumbencia.
Para el final del trayecto, yo ya estaba insultándole por abrir el vagón por onceaba vez consecutiva, cosa que al otro le parecía muy gracioso.
Como si hacerme enfadar fuera muy chistoso...

Alfred, Matthew (así se llamaba el otro chico) y yo comenzamos a ordenar nuestras cosas mientras alumnos de sexto año se paseaban de vagón en vagón anunciando que la llegada al colegio estaba próxima.
Cuando el prefecto abrió la puerta de nuestro compartimento, se me escapó el peor insulto de mi vida.
La costumbre de gritonearle idioteces a la molesta rana francesa, no me había hecho percatar de que cualquier persona podía entrar a nuestro vagón, incluso un profesor.

- Señor...erh...
- Kirkland... -respondió Alfred por mi, mientras yo aún no salía de mi asombro-
- Kirkland. Las palabras de ese tipo no están permitidas para dirigirse a los prefectos de este colegio. Si ahora tuviese una casa, claramente le descontaría los puntos correspondientes. Espero que no se vuelva a repetir o podría ganar una detención severa... Bien! Porfavor colóquense sus túnicas, que ya estamos próximos a Hogwarts.

El prefecto, con aspecto de nazi alemán, dio un respingo para luego girar sobre sus talones y salir del vagón en dirección al siguiente.
Gruñí enfadado.
Quien era ese imbécil para decirme que tenía o no tenía que hacer.

- Eso es un prefecto... -Matthew respondió mi pregunta, como si hubiese escuchado mis pensamientos. Parecía asombrado y maravillado ante la presencia del otro.

- Solo espero no llegar a ser uno de esos... -le respondí de mala gana. Y realmente no quería serlo... Liam ya lo era, y no necesitaban a otro prefecto en la familia, yo no necesitaba ser como mi hermano...
Pensé en mamá y en las palabras antes de despedirse... "Espero que me des alguna alegría este año, Arthur" ... y entonces volví a deprimirme.

El tren comenzó a aminorar la marcha y Alfred estaba completamente emocionado. Según había dicho esperaba quedar en Gryffindor y por unos breves instantes deseé lo mismo; al menos allí tendría con quien conversar y estar cerca de Alfred no era tan malo, aun cuando tuviera problemas con la gravedad en su cabello.

Cuando el tren finalmente se detuvo, multitudes de alumnos vestidos con túnicas negras comenzaron a bajar.
Agarré mi pesado baúl y comencé a arrastrarlo por el pasillo hacia la salida mientras tras de mi Alfred y Matthew hablaban emocionados sobre el mundo mágico, haciendo hipótesis de lo que podrían encontrar dentro del castillo.
Alfred comentó algo sobre sirenas en el baño y no pude evitar sonreir. Realmente los muggles estaban locos.

Una vez abajo del tren, los alumnos de cursos mayores y de diferentes casas, tomaron paso en dirección al bosque mientras a los de primer año se nos indicó avanzar hacia el lado contrario, rumbo al lago. Divisé la cabellera roja de Scott y agradecí no tener que ir en el mismo grupo que él.

De pronto una voz ronca, proveniente de nuestras espaldas nos hizo sobresaltar.

-Los de primero! Por aquí los de primero - nos llamaba, y hacía señas, quien parecía ser un gigante. Había visto y leído mucho sobre ellos en libros, pero éste claramente era un "gigante-enano". No parecía ser lo suficientemente alto para ser llamado "gigante".
Todos los alumnos de primer año nos acercamos a él.
Le miré desconfiado y al parecer lo notó porque acto seguido se detuvo a mi lado.

-¿Pasa algo malo? -preguntó.
- Nada... -respondí, algo avergonzado, mirando hacia otro lado y continuando mi camino.
De la nada sentí un peso en mi espalda. Alfred de pronto se había aferrado ,murmurando cosas sobre fantasmas e impidiéndome caminar con facilidad.

- Los fantasmas no te harán nada, idiota... -dije, mientras me sacudía para que se soltara. Vaya grandísimo cobarde que era.

Pronto nos detuvimos frente a un espeso bosque por el que a penas se dejaba ver un rastro de agua. El semi -gigante nos hizo señas con las manos y nos mandó subir a unas pequeñas balsas en grupos de 3 alumnos. El lago se veía completamente oscuro y solo la luz de las farolas que colgaban en la punta de cada balsa, alumbraban el pequeño oleaje que se formaba bajo nuestros barcos.
Comenzamos a remar mientras el panorama se iba aclarando cada vez mas y las estrellas ya eran visibles, por entre las ramas, en el cielo nocturno.
Todos estaban pendientes de cualquier movimiento o presencia de magia.
Alfred había abierto la boca de tal manera que parecía que comenzaría a babear en cualquier minuto. Reí por lo bajo.

De pronto un pequeño destello me hizo sobresaltar. ¿Había sido mi imaginación?
Sin parar de remar entorné los ojos hacia una de las orillas del lago. No había nada. Miré al rededor al resto de los alumnos para ver si alguien había notado aquello, pero todos se encontraban atónitos ante el espectáculo que ahora se presenciaba ante nuestros ojos.

Un enorme castillo medieval, completamente iluminado, se erguía imponente sobre una gran roca, frente a nosotros.
No pude evitar abrir la boca yo también y de seguro me veía tan idiota como se veía Alfred.
Era sencillamente impresionante.
Mi corazón se comenzó a agitar y recién, en ese momento, le tomé el peso al hecho de entrar a estudiar al Colegio de Magia y Hechicería mas famoso de Reino Unido.

Estaba ensimismado en tal belleza, cuando el resplandor de hacía un rato atrás me volvió a sacar de mis pensamientos.
Dirigí la mirada de lado a lado, buscándole con rapidez, hasta que entonces lo distinguí.
Ahí en la orilla, entre unos secos matorrales, una pequeña silueta brillante que batía sus alas rápidamente, me sonreía.
Era un hada.

Le sonreí de vuelta y ella, jugueteando por la superficie del lago, me saludó con la mano hasta desaparecer de la misma forma que había aparecido.

Sacudí la túnica de Alfred.

- ¿Viste eso?! - dije emocionado
- Si! es enorme! -respondió el otro, emocionado, sin dejar de mirar el castillo.
- No idiota, no el castillo - bufé - el hada! El hada que estaba allí a la orilla - agregué, señalando con el dedo el lugar donde el mágico ser había desaparecido.
- mhm? hada? -volteó para mirarme con sus azules ojos mientras se dibujaba,lentamente, una sonrisa de oreja a oreja en su rostro- las hadas no existen, Arthur! -agregó, mientras volteaba a mirar el castillo una vez mas,tratándome como si yo fuera un completo ignorante y creyente de cualquier estupidez popular.
Por un momento el deseo de pertenecer a la misma casa que él se esfumó de golpe. Solo quería tirarlo del bote y que el calamar gigante se lo tragara.

Refunfuñé molesto. De seguro alguien mas la había visto, no podía ser el único. Mire de lado a lado pero nadie parecía haber notado la presencia del hada.

Bufé enrabiado. No me rendiría hasta saber quien mas le había visto y cuando lo averiguara, me aseguraría de dejárselo muy en claro, y restregárselo por la cara, al orgulloso e idiota de Alfred F. Jones...


OUT:
Ok esto fue muy fail, pero mi imaginación está seca ;o;
Luz, tomé tu palabra muchas veces, espero que no te moleste X'D y si encuentras que la forma de responder no es Alfredística, puedes editar mi post que no me enojo o3o
Si quieres agregar aquí mismo los diálogos puedes hacerlo,o si prefieres responderlos en tu post te lo dejo a tu juicio yanki x'D
Y bueno, espero que si alguien mas lee esto deje comentarios ;u; nos pondrían muy felices de saber que les está pareciendo la historia!
Abrazos ingleses para el mundo /o/ .-

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